EL DESEO SEGÚN DELEUZE – MAITE LARRAURI

http://www.casadellibro.com/libro-el-deseo-segun-gilles-deleuze/9788481312546/753792

http://www.academia.edu/5858293/El_deseo_seg%C3%BAn_Deleuze_Maite_Larrauri_

El deseo según Deleuze – 
Maite Larrauri
Editorial Tándem
 
Un comentario: estos textos de “introducción a la filosofía” de esta editorial son muy fáciles y “divertidos” de leer en la edición original, con sus dibujos y demás, están algo así como orientados para “todos todos los públicos”.)
1. – Un huracán avanza alegremente.
Gilles Deleuze era un magnífico profesor. Daba clases en París, en la Universidad de Vincennes, famosa por su protagonismo en la revuelta estudiantil de mayo de 1968. Algunos años más tarde, esa misma Universidad se trasladó a un barrio obrero de la periferia de París. Allí, en un barracón prefabricado, con suelo de tierra pisada y sin calefacción, se hacinaban cientos de estudiantes venidos de todos los rincones del mundo para escucharle. Estudiantes matriculados había bien pocos, algunos eran discípulos que acudían, año tras año, a seguir sus lecciones, otros llegaban por primera vez atraídos por la fama internacional de sus escritos, algunos jovencísimos alumnos de instituto se pelaban las clases para escucharlo, los japoneses colocaban complicados dispositivos para sostener los micrófonos de sus grabadoras, a las personas de edad avanzada se les cedían las pocas sillas que cabían en el aula(las mesas ya habían sido retiradas para aumentar el espacio disponible); había igualmente profesionales de diversos campos, artistas, trabajadores.
En medio de aquel público variopinto, que en su inmensa mayoría no estaba formado por filósofos, ni siquiera por estudiantes de filosofía, y que se deleitaba escuchándole pero sin tomar notas, Gilles Deleuze era lo más parecido a Sócrates que se pueda imaginar. Como Sócrates, se dirigía a todo aquel que quisiera escucharlo e interpelaba a los asistentes con sus preguntas asombrosas. Y, como Sócrates, sabía que cada cual tiene que aprender a pensar por sí mismo y que, por lo tanto, enseñar no es comunicar, ni informar, sino discurrir, dejar que el discurso discurra ante los oyentes para que sea el propio oyente el que decida en qué momento entra en la corriente del pensamiento: algunos jóvenes estudiantes de bachillerato se sentaban al fondo de la sala, encendían un porro y cerraban los ojos, quizá dormían; a Deleuze no parecía importarle, pensaba que siempre se despertarían a tiempo, en el momento preciso en el que se dijera algo que les conviniera.
Sus clases estaban muy preparadas. Concebía su preparación como un ensayo continuo, como hace un actor para meterse en la cabeza lo que tiene que decir, de manera que cuando lo despliega ante el público se apasiona con lo que dice. Sólo así es posible la inspiración, esos máximos diez minutos de inspiración que justifican todo el trabajo previo de ensayo. Y los que tuvieron la suerte de escuchar alguna de las clases de Deleuze saben que aquellos diez minutos de inspiración estaban asegurados.
Deleuze creó una filosofía contemporánea y a través de ella volvió sobre los textos de la filosofía clásica. Tenía la capacidad de ofrecer una puerta de entrada a textos intrincados y que quizá hubieran permanecido opacos sin su mirada(como es el caso de la Etica de Spinoza, por poner un ejemplo).
No pensaba que la filosofía hubiera sido escrita para filósofos.
La idea de que la filosofía es para los entendidos en filosofía es semejante a la de creer que los pintores sólo pintan para ser admirados por otros pintores o los músicos sólo componen para ser celebrados por otros músicos. Sin ser conocedores, expertos, se puede acceder a la emoción de un cuadro, de una melodía. Y lo mismo puede decirse de los textos filosóficos, a condición, claro está, de considerar que la filosofía tiene mucho en común con el arte.
La filosofía no es contemplación, tampoco es comunicación, es una creación, de la misma manera que el arte lo es. Lo que el arte crea son nuevas relaciones con el mundo. Los grandes creadores son como buceadores: se meten en la vida, bucean hasta lo más profundo y salen a la superficie con los ojos rojos y casi sin aire en los pulmones. Arriesgan su propia salud en aras de establecer otros vínculos con la realidad. La pintura, por ejemplo, nos ofrece nuevas percepciones, nuevas perspectivas, colores, formas, composiciones hasta ese momento desconocidas. La música, por ejemplo, inventa nuevas formas de ser afectados por movimientos y ritmos. Pues bien, también la filosofía – nos dice Deleuze- crea relaciones nuevas con el mundo y trata de expresarlas. Y así como la pintura crea “perceptos” y la música “afectos”, la filosofía inventa “conceptos”.
Los conceptos de la filosofía pueden parecer extraños y, en muchas ocasiones, disuaden a quien se le acerca con curiosidad. La propia filosofía de Deleuze es un buen ejemplo de esas expresiones que dejan perplejo al recién llegado. A veces puede parecer que la filosofía está escrita en una lengua extranjera,  en una extraña lengua extranjera de la que conocemos las palabras pero de la que, sin embargo, se nos escapa el sentido.
No debemos desanimarnos. Nos encontramos ante un filósofo que nos explica cómo proceder: hay que acercarse a la filosofía como nos acercamos al arte. ¿Qué buscamos cuando vamos a una exposición o a un concierto? Esperamos que suceda un encuentro, que lo que vemos u oímos nos presente un mundo que deseamos capturar y hacerlo nuestro. Anhelamos poder decir ante un cuadro o un ritmo hasta entonces desconocidos: “¡esto es para mí, es mío!”. Y la vida se amplía y se hace más hermosa, porque gracias al arte resistimos frente a las opiniones corrientes, escapamos a la vulgaridad y al aburrimiento.(…)

*para ler o texto integral acessar:
http://www.academia.edu/5858293/El_deseo_seg%C3%BAn_Deleuze_Maite_Larrauri_

*via amigo César Muñoz Jiménez

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